Foto: Cortesía de Julio Donis
Foto: Cortesía de Julio Donis

Publicado & archivado en Invitado/a, Opiniones.

Julio Donis*

 Hemos llegado al final del callejón.Las elecciones parecen inminentes, y una pared de enorme altura se erige frente al ciudadano. Se puede leer sobre ella, con letra grafitera en aerosol, una pregunta que cuestiona de raíz el sentido mismo de la existencia en democracia: ¿por qué los ciudadanos deberían legitimar un Estado de Derecho y su andamiaje de leyes si los funcionarios designados y electos para ello no lo han hecho? La crisis de abril explotó y se desbordó a lo largo de este año.Su evolución nos ofreció un capítulo casi cada semana, y poco a poco la revelación del estado de podredumbre fue oscureciendo la dimensión política de la vida. Lo que enfrentamos como colectivo es similar a continuar adelante en la vida, sabiendo que ha habido una mentira y una descomposición estructural. Hemos construido el Estado en corrupción.

Casi no le queda sitio sin mancha al tigre de la institucionalidad política, y sus actores (especialmente el Presidente Pérez) rechazan los señalamientos de presunta culpabilidad, aun con la evidencia que presentan el MP y la CICIG. La fiera está amenazada, mal herida y hace lo imposible por protegerse y contraatacar. En principio, la batalla se ha dado en el campo de los recursos que provee el sistema jurídico: la ciudadanía ha probado cuanto instrumento jurídico está a disposición, en ingenua aspiración. ¿De qué sirve un amicus curiae para respaldar una acción ante la Corte de Constitucionalidad (CC), o un sinfín de recursos legales y denuncias que interpelan el sentido constitucional del andamiaje democrático, si los responsables de esa misma armazón la construyeron así, porosa?

La protesta en la calle es genuina y vigorosa, pero solo alcanza para evidenciar el descontento por el delito evidenciado: los funcionarios que elegimos nos robaron. Ese vigor de reclamo no ha podido ser articulado en la coyuntura porque en el fondo yace una verdad que es grave por su trascendencia histórica: el fracaso profundo y rotundo del proyecto político de la derecha oligárquica conservadora, sobre la cual se erigió este Estado del cual formamos parte. En otras palabras, la gente apenas inicia un proceso de politización, pero aún falta la ideologización.

Al acercamos a la elección cargando esta crisis política de Estado, el evento general de sufragio será el punto de confluencia entre el hartazgo social, la necedad del sistema y sus actores sobrevivientes. En este escenario, los candidatos lanzan su última invitación (manipulación) a la ciudadanía, para que acuda a la parodia electoral gritando que son genuinos, pacíficos e incorruptibles. Mientras eso sucede, desde diversas fuentes se constatan al menos los siguientes tres hallazgos del desempeño de campaña de los partidos políticos:

i) Violencia y conflictividad electoral, reflejada en amenazas, agresiones, destrucción de la propiedad privada y pública, coacción y violación de los derechos y libertades fundamentales de la ciudadanía. ii) Judicialización de las elecciones con múltiples rostros: incertidumbre en las inscripciones de candidaturas pendientes de su resolución; recursos judiciales contra el Tribunal Supremo Electoral (TSE), la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y la CC para suspender las elecciones; e irrespeto a las resoluciones judiciales del órgano electoral.iii) Irrespeto a la normativa sobre financiamiento electoral con una notable y explícita decisión de ciertas organizaciones políticas, de desconocer o desobedecer las decisiones del TSE en la materia.

En estas condiciones, las personas acudirán a las elecciones viendo de frente un muro de ilegitimidad:unos, votando nulo;otros, como propone Edelberto Torres Rivas, votando por los pequeños;otros, no acudirán, y otros, en un acto inercial, votaránpor los grandes. Pero ese día solo inicia la reconstrucción de un nuevo Estado.

* Columnista de El Salmón y miembro del movimiento Semilla.

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