Publicado & archivado en De la casa, Opiniones.

Desde la llegada del nuevo milenio, en 2000, y a tan solo cuatro años de la firma de los acuerdos de paz, Guatemala entró en una lógica que pasó de la violencia política a la violencia organizada con fines criminales.

Por Mario Rosales, periodista

El primer gobierno luego del conflicto armado interno fue el de Alfonso Portillo y el Frente Republicano Guatemalteco (FRG). Ironías de esta tierra que el partido fundado por el general retirado Ríos Montt fuese el primero en el poder en la posguerra. La paz, en papel, pero la guerra en las calles. Aunque en menor escala a lo que hoy vivimos, pero ya por aquellos días la violencia ligada al crimen organizado hacia de las suyas.

“¡Urge Ríos Montt!”, rezaba la propaganda del entonces candidato presidencial que retorciendo la Constitución logró que se le inscribiera para aparecer en la papeleta electoral de los comicios generales del 2003.

Eran las segundas votaciones que el país vivía ya terminada la guerra. El FRG apelaba a la necesidad de que debía gobernar el general para frenar la creciente delincuencia. En ese mismo proceso electoral otro militar hacia lo propio: Otto Pérez Molina y el Partido Patriota impulsaron junto con la Gran Alianza Nacional (Gana) a Oscar Berger. El ungido de los sectores económicos de mayor peso en el país prometía que, de ganar la presidencia, el “general de la paz” tendría un cargo en relación a la seguridad.

“Un general del ejército sabe como hacerlo”, afirmaba Berger, quien finalmente juró en el cargo como presidente en enero del 2004. Fue precisamente en ese Gobierno cuando se inició el fenómeno de los asesinatos de pilotos del transporte colectivo. La lógica nos dice que entonces el tema de las extorsiones también. Ya para la llegada de Álvaro Colom el país vivía otros fenómenos de terror. Los femicidios, el surgimiento de los Zetas y la modalidad de descuartizar gente fueron signos de lo grave de la situación. Paralelo a la maduración de grupos del crimen durante la primera década de 2000, se iba gestando o inoculando la idea en la población de que era necesaria la llegada al poder de un militar. Diez años tuvo Otto Pérez Molina para ir preparando el terreno. Justo cuando se cumplieron 15 años de la firma de los acuerdos de paz, Guatemala era noticia en el mundo. Un general retirado se convertiría en presidente de una nación sumida en la violencia. La mayoría de los votantes realmente se creyó aquello de “mano dura” contra la delincuencia.

De sobra está escribir cómo llegamos a los primeros 15 años del siglo XXI. Basta con resumir que la ONU califica al país como uno de los mas peligrosos del planeta. El próximo año acudiremos a las urnas para elegir al sucesor del presidente. Junto con Otto Pérez Molina termina algo más que su mandato: queda sepultado el mito que debía un militar llegar al poder para frenar la delincuencia.

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