Fotografía: Red Nacional de la Diversidad Sexual y VIH de Guatemala -Rednads-.
Fotografía: Red Nacional de la Diversidad Sexual y VIH de Guatemala -Rednads-.

Publicado & archivado en La Columna de Olga.

Por Olga Villalta

Nunca como hoy, sentí el ambiente guatemalteco tan nebuloso. El miércoles 22 de julio, olfateaba una “calma chicha”. La amenaza del gato salvaje (porque no llega a tigre o león), que se siente amenazado en su pretensión de llegar a regir los destinos del país, se podía percibir por todos lados. El temor a que sucediera “algo” inundaba las caras de las personas. Quienes se cruzaban en mi camino me parecían zombis; era una sensación surrealista, como si yo fuera un personaje más dentro de una novela.

A pesar del debate intenso sobre lo urgente en la sociedad, que si las reformas electorales, que si la Constituyente, que si la renuncia del presidente y otros temas, quiero esta vez referirme de nuevo a esas situaciones que ocurren sin que nos percatemos de la dimensión que en verdad tienen.

El asunto es la presentación de la Iniciativa de Ley para que se lea de manera obligatoria la Biblia en las escuelas públicas. En febrero pasado, compartí en este espacio la opinión jurídica de la abogada Mayra Dinora Gil, quien expresó sus argumentos sobre las inconstitucionalidades que una propuesta de este tipo podía tener. El diputado insiste en su propuesta y hoy ya es una iniciativa de Ley sujeta a análisis en las comisiones del Congreso.

En Guatemala, hay diversas religiones, sin embargo las de origen judeo cristiano constituyen mayoría, por lo que esta iniciativa parece inofensiva. Es más, se llega a considerar que hay que dejarla pasar porque “algo bueno deja”. Los temas religiosos, debido al escozor que provocan, evitamos debatirlos y se van postergando. Esto provoca que no renovemos los consensos necesarios para una buena convivencia entre quienes profesamos otras religiones o ninguna.

En materia de derechos humanos –que es el legado del sigo XX- se han realizado avances sustanciales. Lograr su vigencia no ha sido fácil. Todavía hay muchas personas que los rechazan. El rechazo proviene, en algunas personas, por el desconocimiento de su contenido; en otros, por su adscripción a concepciones autoritarias en el ejercicio del poder. La libertad de cultos es una de las herencias que debemos cuidar. No todo lo que se hace nombrando a un dios es bueno. De esto tenemos registrado en la historia de la humanidad infinidad de ejemplos.

Varias organizaciones han alzado su voz para alertar a la población sobre el riesgo que tiene para la democracia la aprobación de dicha ley. Es alentador que en Guatemala existan personas con un acervo cultural que les permite hacer la diferencia entre espiritualidad y religión, entre iglesia como institución y comunidad de fieles. Claro que esta claridad de pensamiento choca con la superficialidad con que la mayoría ve estos temas.

Algunas/os columnistas han expresado su voz de alerta sobre el riesgo para la democracia si esta iniciativa es aprobada. Estos han profundizado en la laicidad del Estado para garantizar a las/os ciudadanos que ninguno imponga una religión a los demás.

El ponente de esta iniciativa de ley, el diputado Marvin Osorio, evita las entrevistas en prensa y es tal su argucia que ha conseguido que en el salón del pueblo del Congreso de la República se celebren actos religiosos, como una medida de presión hacia los congresistas. Según él, la iniciativa surge de una “iluminación” que su dios le reveló. Como ciudadana, dudo mucho de las intenciones del señor Osorio. En todo caso, me parecen verdaderamente perversas. O como diría mi madre, él es un “loco vivo”.

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