Publicado & archivado en Editorial.

El periodismo, como todas las profesiones, no está exento de corrupción. Sin embargo, los periodistas rara vez abordan este tema. Menos se discute cuánto afectan los periodistas corruptos a los colegas que hacen su trabajo con profesionalismo. Nadie quiere ser puesto en evidencia o agitar las aguas, acusando a un colega que violó las normas de ética de la profesión—demasiada consideración para quien no escatima cuánto perjudica la imagen pública del periodista en su comunidad. Vivimos en una sociedad donde muchas personas se forman un criterio acerca de un gremio con base en uno solo de sus miembros. Desgraciadamente, en estos tiempos, ya no sólo es un asunto de mala fama.

El maestro de periodismo y escritor Gabriel García Márquez decía esto: “Los periodistas deberían hacer un minuto de silencio para reflexionar sobre su responsabilidad”. Esto nos obliga a entender las teorías de la comunicación masiva, porque pocos imaginan el impacto que tiene lo que escribieron, grabaron o filmaron. Otros lo saben, pero manejan ese poder irresponsablemente. Lo utilizan para extorsionar a sus fuentes y mal servir al público que cree que su trabajo obedece a querer informar temas de interés público. Este tipo de actitud hizo al actual alcalde capitalino, Álvaro Arzú, decir hace casi 20 años (cuando era presidente): “Al periodista se le paga o se le pega”.

Es inexcusable que al periodista corrupto se le pegue, cuando lo ideal es que no ejerza la profesión (está en el oficio equivocado) o reciba el castigo que la ley contempla—como cualquier otro ciudadano. Hace algunos años, un periodista fue encarcelado porque extorsionaba a un funcionario público. El periodista al menos vivió para contar el cuento. Otros tienen menos suerte (aunque parar en la cárcel no sea un asunto de suerte). En un país donde la impunidad ronda el 70%, no faltan quienes recurren a la agresión ante sus descontentos, porque acudir a las autoridades también les hace vulnerables ante la ley. Es un escenario donde no es descartable el daño físico al periodista porque el agresor tiene tres de diez probabilidades de ser capturado y llegar a juicio.

Dado el nivel de impunidad, los periodistas sólo hemos escuchado versiones extraoficiales acerca de cómo algunos periodistas fueron agredidos en represalia por cometer hechos ilícitos (como cobrar por no publicar información comprometedora). Urge separar los casos de periodistas amenazados o agredidos porque informaban casos de interés público, sin sesgos, de aquellos en los que chantajeaba o extorsionaba a una fuente. Luego toca priorizar la atención sobre los primeros. Es preciso diferenciar el uso profesional del poder periodístico del abuso de ese poder. Pero antes toca reconocer que el problema existe. Por ahora, es el gran elefante blanco sentado en medio de todos, pero del que nadie quiere hablar.

No se riñe con el hecho de que el periodismo es una de las profesiones peor pagadas, que a muchos colegas les hace falta un salario complementario. El problema no es ese, sino la fuente de la “ayudita” y el daño que le hace al gremio. Hay muchos otros trabajos que no implican violar normas éticas. Hace unos años, un colega vendía vajillas de platos por la mañana y por la tarde redactaba noticias internacionales. Nadie salía perjudicado. Hoy la historia es otra.

Un Comentario para “La necesidad de limpiar la casa”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *