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“Nuestra atracción por los deleites del odio es tan natural que los líderes manipuladores no tienen el menor problema para cultivarlo; mientras tanto, en ocasiones parece que somos alentados a amar solo por personajes ficticios nada atractivos que tienen el hábito desconcertante de besar a leprosos”[1].

Umberto Eco

 Por Evelyn Blanck

El odio tendría edad “El amor y el odio son dos estados pasionales de los seres humanos, biológicamente rastreables. Una de las diferencias entre ambos es que quien experimenta amor ve afectada su capacidad de juicio y de imparcialidad, en cambio, quien odia es muy conciente de su entorno y de las acciones que realiza contra la persona odiada. Eso fue lo que concluyó en 2008 un equipo de científicos británicos, quienes también hallaron que el odio no comparte un patrón cerebral con otros sentimientos como la ira, el enojo o el miedo, pero sí comparte patrones con el amor. ¿Significa esto que las personas estamos biológicamente predispuestas a odiar, como ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad? No todos los biólogos piensan eso. El chileno Humberto Maturana expresa su creencia de que el odio es una conducta relacional que surge con la cultura y que a diferencia del amor está relacionado con “el dominio de acciones que niegan al otro en la convivencia con uno”. El odio, dice Maturna, surge con la cultura patriarcal en los pueblos indo-europeros, hace unos siete mil años: “El pastoreo comienza cuando el hombre restringe el acceso alimenticio normal de otros comensales con respecto a los animales que forman parte de su dieta alimenticia. Al hacer esto, el hombre traza una frontera de exclusión en lo que define como el área de su propiedad. (…) Es la historia de la sociedad patriarcal: una sociedad en la que prevalece la apropiación, la jerarquía y la subordinación de las mujeres y los niños a los mandatos del hombre adulto”.

El cerebro humano está capacitado para procesar el odio, en tanto pasión, pero este sentimiento también tiene un trasfondo cultural, pues puede ser fomentado y aprendido. La historia está plagada de historias de colectivos y personas a quienes otros han odiado, sin siquiera conocerlos. Y siendo la prensa una expresión social, no podría quedar fuera de este comportamiento.

El pasado 29 de julio, los medios informaban que Marlon Puente, alias El Pirulo –presunto periodista deportivo, patrocinado por la Secretaría de Comunicación Social de la Presidencia durante esta administración de gobierno–, fue señalado por un testigo de haber incitado al odio durante las preliminares de un encuentro de futbol, día en que un aficionado del equipo contrario fue linchado por copartidarios de Puente.

El programa de Puente y su socio Rudy Girón, Pasión roja en la red, fue premiado por ser “el mejor y el más escuchado”, en 2009 y 2011. Hace poco, la revista Contrapoder publicaba que el programa de Puente ocupaba el puesto 36 de 226 del ranking nacional, también se hablaba de una facturación millonaria y, junto a eso, de los problemas de agresividad verbal del Pirulo. Ciertamente sus llamados de apoyo para Municipal han sido poco comedidos: “No sean cobardes, apoyen a su equipo”, ha dicho con frecuencia.

Puente no es el único sindicado de violencia en el futbol, lo que sí, es que los demás no tienen, como él, un micrófono y una audiencia grande a disposición suya. Quizás por eso, han sido publicados muchos comentarios como estos en la red: “PIRULO se pasa!… pasa de fan a desequilibrado!”, “muchas veces escuchado a muchos cremas que dicen mas que crema son anti rojo, pero no por el equipo, si no por Marlon Puente el Pirulo”, “hoy en dia (sic) un clasico (sic) es significado de bandalismo callejero, enfrentamientos, heridos y hasta muertes, y todo gracias a quien, al liderasgo (sic) del pirulo”.

Si bien el de Puente es el caso más actual que refiere al discurso del odio o hate-speech en los medios de comunicación social en Guatemala, no es el único. Hay otros que agreden a personas o grupos por su etnia, religión, género u orientación sexual, entre otras razones, como las de las preferencias deportivas. Asimismo, por su trabajo político, como lo muestra este fragmento de una columna del también llamado periodista Pedro Trujillo, cuando se refiere a defensoras y defensores de Derechos humanos: “Son violentos, apoyados por fanáticos y enfrentados por pusilánimes políticos que ven en “la negociación” la manera de lavarse sus pilatescas manos, mientras arruinan el país. No son pacíficos, comunitarios ni indígenas ¡Dejémonos ya de cuentos! No más medias tintas en el discurso ¡Son criminales terroristas! igual que quienes los apoyan y alientan”.

La actuación de Trujillo, columnista de Prensa Libre, pareciera estar en plena consonancia con la del también columnista de elPeriódico Raúl Minondo Ayau, cuando se refiere a manifestantes a favor de la aprobación de la Ley de Desarrollo: “Se ‘dicen’ campesinos/indios; son turba peligrosa. Envalentonados por la excesiva cobertura que les da prensa y azuzados por terroristas europeos, hacen estragos. Actúan con absoluta impunidad. Los terroristas internacionales deben ser expulsados de Guatemala inmediatamente, sus embajadas responsables de sus actos”. Además, entre otros, con lo que suele redactar en el mismo elPeriódico, Ricardo Méndez Ruiz, director de la Fundación contra el Terrorismo, quien se hizo acreedor a una condena moral del actual Procurador de los Derechos Humanos de Guatemala en agosto de 2013, por atacar la labor de defensoras y defensores de derechos humanos. Como respuesta, Méndez Ruiz solicitó al Congreso la destitución del Procurador, por “violar su libertad de conciencia”.

De hecho, el discurso del odio ha suscitado un debate legal sobre su penalización, pues se reconoce claramente la protección del discurso ofensivo e impopular en términos de libertad de expresión, no así el que hace apología del delito, que incurre en negacionismo (negar la realidad para evadir una verdad incómoda), discriminación y xenofobia, y además, tiene un potencial persuasivo sobre posibles receptores, características del discurso de odio.

Solo una de las formas

Expresión, como es, de las ideas, el discurso periodístico refleja los problemas estructurales de una sociedad y sus efectos, como la violencia. El discurso del odio puede ser considerado una de las formas más extremas de violencia discursiva, pero los espacios mediáticos están cargados de expresiones violentas en las representaciones de realidad que producen. Como toda acción que restringe el disfrute de derechos ciudadanos, el solo hecho de la exclusión de las voces de la niñez, la juventud, los indígenas y las mujeres en los mass media guatemaltecos es ya un hecho violento en sí.

En Guatemala, otras formas de violencia muy visibles se producen sobre todo, pero no de manera exclusiva, en los relatos de nota roja, en donde se difunden informaciones no corroboradas sobre protagonistas de hechos noticiosos, como el reciente caso de la defensora de derechos humanos Patricia Samayoa Méndez, acusada en los primeros reportes de Siglo 21 y otros medios de intentar robar la farmacia donde fue abaleada. Asimismo, donde se contribuye a difundir prejuicios y estereotipos sobre la juventud, como cuando publicaron sin miramientos las palabras del presidente Otto Pérez Molina, quien acusó falsamente de ser extorsionadoras y pandilleras a dos jovencitas asesinadas en las cercanías de un centro escolar.

Los medios de prensa también incurren en comportamientos violentos cuando, por ejemplo, difunden imágenes que afectan la dignidad de personas y el derecho de la niñez a crecer en un ambiente sano (en el cual está incluido el espacio mediático). Expertos indican que estos comportamientos suelen promover una especie de elevación del umbral de tolerancia a la violencia entre sus públicos, así como el aprendizaje de la violencia como forma válida de resolver conflictos. Además, reafirman una cultura de discriminación contra aquellas poblaciones sobre las cuales se difunden prejuicios y estereotipos.

Así como los medios contribuyen a cimentar una cultura de violencia, pueden también impulsar una cultura de paz, mediante la inclusión social, el ejercicio profesional del periodismo (no difundir rumores) y ponerse en los zapatos de las víctimas de hechos violentos y sus familiares. Asimismo, al desarrollar ejercicios constantes de autorreflexión, no reproducir prejuicios y estereotipos contra jóvenes y mujeres, no manipular la información, así como elaborar políticas/lineamientos informativos y editoriales. En tanto actores intelectuales, los periodistas y editores son muy llamados a hacerlo, considerando que los discursos de odio y violencia también encuentran sus cimientos en la ignorancia y el subdesarrollo.

    [1] http://www.elespectador.com/opinion/odiamos-columna-314769

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