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Publicado & archivado en Ojo del Editor.

Por Sala de Redacción

El 6 de noviembre, el diario El Periódico publicó una nota titulada “el Peladero, una sección necesaria en un país como Guatemala”. El título se respalda en los criterios de dos analistas: el investigador, politólogo y ex funcionario público Edgar Gutiérrez (actual director del Instituto de Problemas Nacionales de la Universidad San Carlos de Guatemala) y el presidente de Acción Ciudadana, el capítulo guatemalteco de Transparencia Internacional. También descansa en el hecho de que el Ministerio Público (MP) y la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) investigaron casos que primero se conocieron en las páginas de El Peladero.

Como comentario ante lo publicado, vale la pena recordar que hasta algunos gurús del periodismo suelen formularse estas preguntas cuando está en entredicho un contenido periodistico: “¿Es verdad? ¿Es necesario? ¿Es justo?” Zamora mismo dijo en una entrevista con Plaza Pública que El Peladero revela “hechos que en un 90% son reales”, admitiendo con esto que un 10% quizás no lo sean. ¿Con cuánta precisión Zamora es capaz de definir esos porcentajes en cada publicación? Y si hay un 10% o más de información inexacta, ¿con qué justificación es publicada?

De otro lado, ¿cómo se mide si el ese 10% o más no comprobable causa daños colaterales? Sobre todo, si los desinformadores suelen utilizar verdades a medias para conseguir sus fines. Se puede argumentar que la mayoría del contenido involucra información de interés público. Pero, ¿debe el periodista decidir a quiénes lanzará al ruedo sin otorgarle oportunidad de defenderse?

El Periódico, como Siglo Veintiuno cuando publicó Las Cartas de Güicho Cantoral –sección antecesora de El Peladero –,mostró que es capaz de publicar reportajes investigativos con datos inéditos y comprobados documentalmente, o corroborados por varias fuentes. Zamora dijo que el contenido de El Peladero es corroborado por dos o tres fuentes. La pregunta del millón es por qué, si los datos pasan esa prueba de fuego, no pueden presentarse como una nota informativa con el respectivo balance de fuentes, donde también se escuchan las voces de los aludidos, o al menos se deja fehacientemente por sentado que se intentó obtener su versión de los hechos sin obtener respuesta.

Gutiérrez dijo a El Periódico que el periodismo de investigación utiliza “cierta dosis de fuentes no citadas que tienen respaldo”, pero cualquier trabajo serio necesita balancear las fuentes anónimas con otras fuentes identificables, o documentales. Una nota sustentada solamente en fuentes anónimas coloca demasiada confianza en el autor y le permite demasiadas libertades discrecionales. Y este es el propósito de que una nota pase por varios pares de ojos de editores, antes de su publicación: que el criterio de varias personas asegure la veracidad, justicia y necesidad del contenido periodístico.

El Periódico comprobó que puede hacer ese salto del chisme político al reportaje serio cuando publicó y documentó el 20 de mayo de 2015 los hechos ilícitos que atribuía a Juan De Dios Rodríguez, quien en ese entonces todavía era presidente del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS). Los datos ya habían aparecido, sin el mismo respaldo riguroso, en El Peladero. Esto establece que la sección no es necesaria por falta de capacidad investigativa.

Es innegable el valor referencial de El Peladero hasta para las autoridades, pero tampoco se puede ignorar que su contenido rebasa la frontera del balance informativo. El periodista no puede ser juez y parte. Este y el medio para el cual trabaja son transmisores de la información que emiten las fuentes y el único juez en este escenario es el público receptor, el único que puede decidir si está frente a un periodismo independiente que dice la verdad sin filtros, pero de forma justa y balanceada con todas las partes involucradas.

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