Ruano1

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“Los medios y los periodistas no somos protagonistas de la noticia”, nos recuerdan muchos manuales de estilo, pues ejercemos de intermediarios entre los hechos y las audiencias. Por lo tanto, debemos reportar lo que vemos, escuchamos o nos cuentan, y rara vez resaltar cómo obtuvimos los datos.

Por Ligia Flores, Evelyn Blanck y Miguel González Moraga

En Sala de Redacción hacemos una excepción, para contar las vivencias de cuatro colegas durante el gran incendio del mercado La Terminal, en la zona 4 de la capital de Guatemala, ocurrido el 25 de marzo de 2014.

Ese día, decenas de periodistas capitalinos madrugaron y se desplazaron al punto, la mayoría sin el equipo de seguridad indispensable y con conocimientos rudimentarios para la cobertura de un incendio. Van los relatos de René Ruano, de Nuestro Diario; Otto Ángel, de Guatevisión; Julio Lara, de Prensa Libre, y Jesús Alfonso, de soy502.com.

René Ruano: Trato de no volverme parte del drama

“Ese día, poco antes de las seis de la mañana, me estaba terminando de arreglar para irme a Nuestro Diario —donde trabajo desde 2001— y me entró una llamada del editor de turno, Luis Mazariegos, quien me avisó del incendio. Busqué mis botines para ese tipo de eventos, pero nada de casco o equipo de seguridad, el cual a veces limita mi trabajo. Por tratar de apresurarme cerré la puerta de mi casa y dejé adentro todas las llaves, incluso las de mi carro. Eso me hizo perder unos 10 minutos, tiempo vital en una gran cobertura.

Creo que fui el segundo fotoperiodista en llegar al lugar, en donde desde minutos antes estaba mi colega y compañero de trabajo Alan Lima. Él llegó primero y comenzó a hacer fotografías de cómo se veía el incendio desde afuera. Yo me interné en el mercado. Me metí agachado en los pasillos y corredores para evitar el humo, pues este es menos denso abajo. Todo estaba muy oscuro, salvo la luz que irradiaban por instantes las llamas.

Hubo lapsos en los que no miraba absolutamente nada. En algún momento me encontré con un grupo de bomberos municipales, quienes en varias ocasiones se quedaron sin agua, lo cual les complicó su labor. Mientras tanto, el fuego y el calor eran intensos; yo tomaba unas cuantas fotos y salía a tratar de refrescarme, pues el humo comenzaba a ahogarnos. Un poco más tarde llegaron los colegas Raúl Bercián, de Prensa Libre, y Esteban Biba, del sitio digital soy502.com. Por momentos mirábamos sobre nuestras cabezas una especie de nube roja: era el fuego que ‘nos bañaba’ desde la terraza.

Los vendedores, hombres y mujeres, con cubetas y palanganas, trataban de apagar las llamas. El agua caliente nos llegaba a las rodillas, pero eso no impedía que nos metiéramos en callejones y corredores de La Terminal. Cuando vimos que adentro estaban controladas las llamas salimos a tomar fotos del drama de la gente. Yo estaba bastante mojado, pues cuatro veces fui ‘bañado’ por las mangueras de los bomberos. No me importaba mojarme, pero sí proteger mi equipo, al cual le puse mi camisa encima.

Nosotros siempre tratamos de no interferir en el trabajo de los bomberos ni de la gente, pero a veces hay roces inevitables. Ese día me maltrató un bombero, pero me hice el desentendido, pues cada quien estaba en su labor. En jornadas como esa yo me concentro en la imagen que quiero ver impresa en el diario y parte importante de mi trabajo es no volverme parte del drama. Es duro de decirlo, pero disfruto mi trabajo en medio de la tragedia y siempre trato de tomar precauciones.

Regresé al periódico como a las 13:30 de la tarde. Iba muy satisfecho con el resultado de mi trabajo, como cuando el 31 de enero utilizamos por primera vez un dron —aparato aéreo con cámaras, manejado a control remoto— con mi hijo José Gabriel Ruano, quien a sus 19 años es camarógrafo de Telediario. Ese día tomamos imágenes de un bloqueo en la calzada Roosevelt, salida de la capital a occidente”.

Otto Ángel: Nos falta un gen que nos detenga

“Una de mis tareas diarias en Viva la mañanaes reportar las noticias del momento, por eso a temprana hora siempre reviso los mensajes en Twitter. Ese día supe del incendio a las cuatro de la mañana, pero no lo dimensioné, pensé que ya habría terminado todo cuando llegara al lugar. Entro a trabajar a Guatevisión a las cinco de la mañana y ese día al llegar vi tranquilamente cintillos para no perder noticias. Durante la primera media hora también revisé el material gráfico del programa. Llamamos al taxista hasta que terminé.

Llegamos a La Terminal a eso de las seis menos diez. Vimos la enorme columna de humo y nos espantamos. Como no dejaron entrar al taxi, caminamos unas cuatro o cinco cuadras para llegar al incendio.

Mientras caminaba, un señor me preguntó: ‘¿Va para allá?’. Le dije que sí y me llevó por un montón de recovecos, fuimos a dar del lado contrario a donde trabajaban los bomberos, es decir, la parte del edificio que da hacia la calzada Atanasio Tzul, ellos trabajan en la zona 4, donde está el estacionamiento.

Era impresionante, primero, porque veías a la gente que te confrontaba y te decía: ‘¡Llame a los bomberos, llámelos, no están!’. Los bomberos llegaron entre 8 y 9 de la mañana a las cuatro puertas que yo visité, por eso temprano la gente estaba histérica, sacaba sus cosas y comenzaba a organizarse para llevar agua, las mangueras no alcanzaban, las cubetas tampoco…

Las personas intentaban sacar agua de los baños y no había. Vi gente que llegaba a decir: ‘¡Mirá vos, la señora de la cantina dice que ya no nos da más agua!’, y también me topé con otros que agregaban: ‘Mire, este incendio pudo haberse evitado a las tres de la mañana, a esa hora estábamos apagándolo y nos cortaron el agua’. Eso provocó un gran odio en la gente, y en efecto los mirabas corriendo y llevando el agua desde otros lados, nunca desde el edificio, fue un poco extraño.

Era un drama espantoso, muchos trataban de salvar lo que podían, destruían los puestos de madera fuera del mercado para evitar que una chispa los quemara. También veías a una fila de hombres pasándose las cubetas llenas y luego los recipientes volaban de vuelta, vacíos…

A eso de las siete de la mañana, un señor desesperado se me fue encima, alegándome, histérico, y yo lo entendí, pues perdía su negocio. Yo transmitía con el teléfono e intentaba explicarle que estábamos ahí para ayudar y, mientras eso sucedía, una de las cubetas golpeó en la cabeza al camarógrafo, lo desorientó y el teléfono quedó en la cubeta. Por fortuna, tenía un protector, si no, no habría terminado de enviar imágenes.

Nos pusimos en riesgo, no calculamos esos movimientos, pero el riesgo aumentó cuando nos metimos más dentro del edificio. Vimos que no había nadie, ninguna autoridad; gracias a Dios nadie se murió, porque todos entraban a sacar sus cosas y a veces los veías corriendo hacia fuera cuando el fuego se incrementaba. La policía estuvo ahí, pero mejor zafaron, casi los linchan. A un pobre tipo de la municipalidad capitalina que quiso poner una valla se le fueron encima, lo corrieron casi dos cuadras. El camarógrafo se fue tras el grupo y cuando no logran agarrarlo, se voltearon hacia él, se taparon la cara y le dijeron: ‘Mirá vos, hijuelagran…’.

Yo sí reporté muchas veces que en ese sector donde estuve no había bomberos. Entiendo que sí llegaron, pero al parecer este incendio sobrepasó sus capacidades. Además, las motobombas no podían entrar, porque no había una autoridad que despejara las ventas de maíz, de banano y otros productos.

No me di tiempo para pensar sino hasta las 9:30, 10 de la mañana, cuando se me acabó la carga del teléfono, entonces salí de ahí y le envié un mensaje a mi esposa: ‘Llevame ropa, por favor’. Estaba cubierto de ceniza y mojado. Reflexionando ahora veo que nos faltó preparación, tanto de equipo como para reaccionar ante casos como este. Cuando no hay autoridad, uno casi se pone en el lugar de la gente, se va detrás, y después te preguntás si valía la pena llegar hasta ahí para informar o si podías hacerlo desde la puerta. Recuerdo cuando se aparece Carlos Andrino, de Noti7, y ahí va también a meterse a los ‘penqueos’. Y más peligroso todavía al día siguiente, porque el humo, más denso, era más dañino que el mismo fuego. Yo fui a meterme de nuevo sin mascarilla hasta la mistad del piso y casi me ahogo. Creo que nos falta un gen que nos detenga, te ganan las emociones.

Ese día después del incendio me pregunté por qué no había dentro del mercado un punto para extraer agua, ahí estaba el gran hidrante, pero no funcionaba. Sin embargo, sentí la peor frustración cuando comencé a escuchar por la radio los discursos de algunos políticos, que aprovechaban la situación. Cuando sumás todas esas actitudes, realmente te molesta.

Fui a La Terminal con la idea de ubicar en el lugar a mucha gente del país que vive en otro mundo, no conoce ni el lugar, quería que vieran esa fila de 30 gentes tratando de paliar un incendio, sin nada, absolutamente sin nada y sin ayuda de nadie”.

Julio Lara: Cara a cara con el fuego

“Más o menos a las tres de la mañana de ese miércoles 26 de marzo, a quienes cubrimos sucesos nos mandaron una alerta sobre el incendio en La Terminal. Nos llegó por medio de WathsApp. Sin embargo, como comentamos después con algunos colegas, no vimos la dimensión del asunto, lo cual ocurrió hasta dos horas más tarde.

A las 5:45 yo ya estaba en Prensa Libre, donde trabajo desde 1996. Antes de salir para allí, me calcé unos tenis viejitos, pues no tengo botas especiales. También me puse un sudadero y un pantalón cómodos, además de una gorra camuflageada de material resistente, aunque lo ideal sería utilizar un casco para este tipo de emergencias. También agarré una bolsa elaborada con tela para resistir altas temperaturas—de las que fabrica el colega fotógrafo Rafael Rosales, de Siglo.21—, un pachón con agua y mi gafete de periodista (es que a veces los policías lo sacan de algún lugar a uno o nos ganamos un cachimbazo de la gente por no estar identificados).

Entramos en La Terminal con el fotógrafo Estuardo Paredes. Vimos cómo la gente luchaba por apagar el fuego y salvar sus pertenencias, para lo cual se valían de guacales, baños y cualquier tipo de recipiente. Para ese momento los bomberos ya se habían quedado sin agua y las llamas avanzaban.

En un momento, como a las siete de la mañana, los dueños de los locales lograron contener el fuego del lado oeste del mercado. Vimos cómo sacaban algo de producto, como quesos, mariscos y carne. De pronto oímos cómo tronó la estructura, Paredes tomó un par de fotos y todos salimos corriendo. Estábamos cara a cara con el fuego.

Cuando los bomberos fueron reabastecidos, incluso por gente que distribuye agua con cisternas en las colonias capitalinas, vendedoras y vendedores seguían tratando de salvar sus cosas. Vi, por ejemplo, una venta de canarios y periquitas asfixiadas por el fuego y que quedaron enganchadas a las jaulas.

Como ocurre en otras coberturas, nos vimos con otros colegas. Ahí estaban, por ejemplo, Domingo Tercero, de AlDía; Juan Víctor Castillo y Víctor Álvarez, de Sonora, y Marielitos Castañón, de La Hora. En ese momento la gente se estaba dando duro con el fuego, a puro guacalazo. Estaba tan caliente el ambiente que cuando el agua salpicaba quemaba un poco. Como el mercado tiene muchas trampas que impiden el libre acceso en vehículo, parecía imposible controlar el fuego, el cual nos aparecía a un lado, arriba, enfrente. Eso parecía un infierno.

En esos momentos de agitación, lo mejor es tratar de no involucrarnos más allá de nuestro trabajo, pues hay gente alterada. Incluso, a un colega le tiraron un par de naranjazos por estar el camino por donde los vendedores llevaban agua para apagar el fuego.

Había gente que se ponía a llorar al ver todo lo quemado. Una me dijo que había perdido todo y que ojalá el Gobierno la ayudara. Otro salvó su máquina de carnicero y uno más la hielera, pero perdieron todito su producto.

Pasado el mediodía le dimos una vuelta al mercado para ver si ya estaba controlado el fuego, como nos habían dicho. Después de hacerlo fui al periódico a redactar la nota en donde plasmé lo que vi y me contaron durante esas intensas horas”.

Jesús Alfonso: Lo más dañino en este tipo de casos es el humo

“Cuando me enteré (del incendio) iba para el trabajo: eran las 6 de la mañana y me llevó unos 35 minutos llegar al diario digital soy502.com. La jefa me dijo que fuera al lugar.

Los periodistas, en momentos como esos, no buscamos nuestra comodidad, sino la rapidez para llegar. Aunque creo que debería haber en la redacción una mascarilla e implementos para hacer más seguro el trabajo. Iba vestido con jeans y botas impermeables, que uso para cuando hay lluvias porque ando en moto, pero no llevaba ni mascarilla.

Lo primero que hice fue buscar una vista panorámica. Por eso fui al Crowne Plaza, en la avenida Las América, y pedí que me dejaran subir a un gimnasio que tiene el hotel, pero tuve que esperar a que alguien saliera para pedir permiso. Es un lugar muy exclusivo.

Cuando llegué a La Terminal eran como las 7.30 y busqué la forma de entrar —aunque creo que los periodistas tenemos una brújula para encontrar los sucesos—. Primero valoré la situación y medí el peligro, pero todo fue muy incierto porque no tenía a la mano implementos para hacer la cobertura, como botas de hule, mascarilla contra el humo. Lo más dañino en este tipo de casos es el humo; llegó un momento en el que me tuve que agachar hasta el piso porque me fallaban la vista y la respiración.

Comencé la cobertura en el primer piso, donde estaba al fuego, había una rampa que conectaba al segundo piso: si me quedaba cerca del sitio corría el riesgo de que me pasaran lastimando, si me iba arriba el humo me afectaba. Aunque luego subí, pero siempre busqué no ponerme donde la gente estaba trabajando para no estorbar.

Los bomberos no estaban ahí cuando entré, era la gente usando cubetas la que trataba de sofocar el fuego. Se echaban agua encima por el calor que hacía, los de atrás les tiraban agua a los de adelante. Cuando llegaron militares y policías la gente quedó un poco desplazada.

Me llamó mucho la atención ver a un zapatero en el segundo piso sacando su máquina de coser de un local pequeñísimo, de unos 50 centímetros cuadrados; fue lo único que le quedó, dijo que perdió Q20 mil. También me sorprendió el esfuerzo de los bomberos. La lucha de los niños por ayudar a sus progenitores a sofocar las llamas, aunque ellos, algunos eran muy pequeños, agarraban agua del piso; la desesperación era tal a pesar de que los locales ya estaban consumidos.

También me impactó ver a gente que no tenía nada que hacer ahí, pero que buscaba cosas para adueñárselas y sacar provecho de la situación. Lo que más me dolió fue enterarme de que se había perdido la escuela de los niños trabajadores, porque además del trabajo es lo único que tienen para hacerse de alguna educación.

Que todos los políticos quieran llevar agua para su molino para hacerse imagen es de mal gusto. Fue triste que nuestras autoridades hayan buscado estos sucesos para hacerse imagen y estar en la coyuntura”.

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