Noticias de los medios
Cuerpos silenciosos, tatuajes parlantes
Este artículo analiza el contexto de los mecanismos discursivos que la prensa guatemalteca utiliza para informar sobre los integrantes de las maras.
Por Salvador Santiesteban Merlos, comunicador social español
En este estudio, sostengo que los principales periódicos guatemaltecos dividen la autoría del delito en dos formas polarizadas: cuando el delito se comete contra un marero, la autoría queda oscurecida y justificada por metáforas, expresiones como “ejecuciones” o “muerte”, imágenes, énfasis en los antecedentes de la víctima y la elusión de los verbos que podrían implicar intencionalidad. Por el contrario, cuando es un marero quien comete un crimen, se hace hincapié en la autoría con verbos que definen el asesinato y la premeditación y se utilizan declaraciones e imágenes proporcionadas por la Policía y los cuerpos de bomberos como principales fuentes de información. En este juicio mediático, a los mareros no se les ofrece ninguna oportunidad de expresar su versión de los hechos, excepto a través de sus cuerpos y de sus tatuajes fotografiados.
Discurso uniforme
Guatemala, como gran parte de Centroamérica, ha experimentado en las últimas dos décadas un reordenamiento de las relaciones de poder entre las élites. Esta tendencia también se ha observado en la propiedad de los medios. A pesar de ello, la unidad del discurso sobre las maras es notable en toda la prensa escrita. Esta falta de uniformidad en las élites explica en parte porqué la relación de los medios con los gobiernos es siempre tensa, dependiendo de qué grupo se vea favorecido o dañado, como muestra el ejemplo del boicot publicitario de la era Arzú a los medios díscolos.
Al mismo tiempo, el inesperado comportamiento de la prensa durante el intento de autogolpe de Serrano en 1993 demuestra que las iniciativas individuales son importantes y que, por tanto, deben ser tenidas en cuenta, más allá de las estructuras, la represión y los reordenamientos de las élites, para tratar de entender de forma global cómo funcionan los medios de comunicación en Guatemala.
Es importante remarcar que las privatizaciones de los medios controlados por el Ejército y el Estado, así como la reorganización de las élites de Centroamérica y de Guatemala durante la década de los noventa, han contribuido a aumentar la concentración de la propiedad de los medios. Así, el grupo Prensa Libre controla el 80% de la distribución de la prensa guatemalteca.
Pocas fuentes
Los resultados de los grupos focales guatemaltecos consultados para este artículo muestran que la audiencia considera una necesidad la existencia del periodismo de investigación. Además, dichos grupos definen como de mala calidad a las fuentes utilizadas por los periodistas y tienen una opinión negativa de la formación académica de los profesionales de la comunicación.
Estas conclusiones entran en contradicción con lo que los editores y redactores entrevistados exponen como razón para basar la línea editorial de sus periódicos: encuestas de opinión pública en las que se expresan los deseos de su grupo meta. El estudio crítico del contexto aplicado a las noticias de crímenes y delincuencia pone de manifiesto que no se contrastan las fuentes de las noticias y que algunos discursos en los medios tratan de imponer una visión incompleta de los hechos, en los que los mareros quedan estereotipados y prejuzgados por la policía y los periodistas.
La presencia de “empíricos” (periodistas sin formación académica contratados mayoritariamente en el cuerpo de bomberos) sigue siendo importante en la prensa guatemalteca, tal como asumen los entrevistados. Algunos de los empíricos todavía ocupan altos cargos dentro de los medios, lo que conduce en muchos casos a una falta de profesionalidad y de conocimientos de la comunicación y de los géneros del periodismo.
Los bomberos y oficiales de Policía continúan siendo las principales fuentes consultadas en noticias sobre delitos. Al mismo tiempo, tanto editores como reporteros afirman que la educación académica universitaria de los periodistas carece de calidad en todos los campos. Además, la mayoría de los entrevistados asume que, con objeto de evitar represalias, es conveniente no investigar ciertos temas en torno a las maras.
Al renunciar a la investigación de estos asuntos, los profesionales entrevistados entran en contradicción con la defensa de la prensa guatemalteca como cumplidora de su función informativa. Una de las razones de esta renuncia podría estar en la violenta represión que sufrieron los periodistas en Guatemala, especialmente a principios de la década de los 80, que habría instaurado la cultura del miedo y de la autocensura.
Este artículo abre también una vía de investigación para futuros estudios. Teniendo en cuenta el fuerte tejido político de los jóvenes guatemaltecos en los años 70 y 80 silenciado por las acciones militares, así como el modo de represión que el Estado ha utilizado históricamente para contestar a las demandas sociales, y asumiendo que más allá de los medios todavía hay pocos canales alternativos para intercambiar información en la Guatemala actual, debemos plantearnos si miles de jóvenes tatuados pueden estar utilizando sus cuerpos, conscientemente o bien manipulados, con el fin de obtener un espacio en los medios de comunicación y, por tanto, en el debate social.
Poco contexto
Nordström (2004) sostiene que los límites entre guerra y paz en países en situación postbélica están construidos socialmente. Este argumento lleva al análisis del consenso en la sociedad guatemalteca y, en consecuencia, también al de la ruptura del mismo.
La expresión “impuesto de guerra” se utiliza con frecuencia para describir una cantidad de dinero que los ciudadanos deben pagar regularmente a los mareros para no ser asesinados. En la sociedad guatemalteca de postguerra —con más de seis mil homicidios anuales y sólo 37 mil licencias de los dos millones de armas en manos de los ciudadanos—, la violencia es uno de los principales temas en la agenda de los medios, aunque muy rara vez se le contextualiza con las causas y consecuencias del reciente conflicto armado, sino con los jóvenes. Los mareros se convierten, así, en la metáfora de los debates sociales pendientes, al tiempo que sus cuerpos tatuados se utilizan como campo de operaciones tanto para el discurso oficial como el mediático.







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