A título personal
Racismo en los medios masivos
Por Alfonso Gumucio-Dagron, especialista en comunicación para el desarrollo, boliviano
Durante la tercera semana de julio tuvo lugar en la ciudad de Guatemala el seminario internacional “Hacia la construcción de un espacio público incluyente”, organizado por Amílcar Dávila y Lucía Verdugo, del Observatorio Racismo en los Medios, de la Universidad Rafael Landívar (http://www.racismoenlosmedios.com/web/).
El programa del evento estuvo enriquecido por las intervenciones de académicos y comunicadores sobre este tema que es aún más importante en un país con mayoría indígena. Rigoberta Menchú, Aura Cumes, Álvaro Pop, Demetrio Cojtí, Magdalena Jocholá y otros intelectuales mayas alternaron con Anabella Giracca, Gustavo Berganza, Rosa María Alfaro (Perú), Hernán Reyes (Ecuador) y Alfonso Gumucio (Bolivia), y con los directores de los principales medios masivos de Guatemala: Gonzalo Marroquín (Prensa Libre), Haroldo Sánchez (Guatevisión), Juan Luis Font (elPeriódico), Antonio Flores Estrada (Siglo Veintiuno) y Elvin Ajquejay (TV Maya).
“El racismo en el imaginario social”, “Derecho a los pueblos indígenas a la comunicación”, “La formación de las ideologías racistas” y “Propuestas para un periodismo incluyente en Guatemala”, fueron los títulos de las mesas de diálogo.
Racismo e invisibilización

Los medios de información informan, no comunican. Eso lo venimos afirmando hace bastante tiempo, pero ahora fue ratificado durante el seminario por Gonzalo Marroquín, director de Prensa Libre, quien afirmó: “La función principal de la prensa es informar”, y agregó que “la mejor prensa es la que mejor refleja la realidad del país”, es decir, tal cual es y no como quisiéramos que sea. La pregunta que uno puede hacerse es si los medios masivos no tienen también una responsabilidad social para cambiar una realidad que muestra desequilibrios sociales, discriminación, racismo o violencia.
El tema indígena es marginal en los medios de difusión, aún en países como Guatemala donde la cultura indígena es omnipresente y mayoritaria. Cuando los indígenas aparecen en los medios, es como “objeto” de noticias y no como sujetos y actores sociales. Decía Rigoberta Menchú —en la ponencia magistral de apertura del seminario— que en su propio país ella no existe, y solamente le dan cobertura cuando hace alguna “travesura”. Para evitar los escándalos mediáticos que se producen cuando dice algo que podría irritar a los círculos de poder, muchas veces se ha autocensurado. Sin embargo, recomendó no hacerlo, y más bien alentó a cometer muchas travesuras para romper con los moldes estrechos de la censura y de la autocensura. “No perdamos el sentido de la indignación”, añadió.
Hay en los medios masivos un racismo obvio, explícito, y otro solapado, subyacente, que tiende ya sea a invisibilizar a los indígenas o a visibilizarlos como objetos folclóricos al despojarlos de profundidad cultural y convertirlos en planas representaciones que no tienen más espesor que el del papel periódico o del vidrio de una pantalla de televisión. La invisibilización es parte de la discriminación pasiva y es una manera de “desaparecer” a los indígenas como antes —y hoy todavía en algunos países— se intentó desaparecerlos por las armas.
¿Qué podemos hacer los periodistas para revertir esa situación? Estamos frente a un dilema muy grande, sobre todo quienes trabajan en los medios de difusión masiva que responden a intereses económicos y políticos que están fuera del alcance de los periodistas. Son medios de difusión, no de comunicación, que no permiten disensiones, a menos que esas discrepancias correspondan a otras potencialidades que están ganando espacio en la disputa por el poder y que pueden ejercer un papel contestatario.
Hay en los medios de información periodistas bien intencionados, que simpatizan con el tema indígena aunque no lo conozcan en profundidad, pero no pueden hacer mucho al respecto porque son parte de una maquinaria que los sobrepasa. En un medio de difusión, el periodista es apenas una tuerca de la gran maquinaria a cuyos niveles de decisión los periodistas —empleados— no pueden acceder. Incluso los jefes de redacción y los propios directores, cuando no son parte de la familia de dueños del medio, tienen que andar con pies de plomo.
Poco optimismo
Que exista un “hábito” racista en la sociedad y que los medios no hacen sino reflejarlo —como afirmó Gustavo Berganza—, no es ningún consuelo. Si la información cumple el papel de perpetuar el status quo del sistema imperante y de preservar el poder basado en la acumulación del dinero y del poder político de una minoría, la comunicación, en cambio, tiene la obligación de revertir esa situación.
No podemos ser muy optimistas y creer que los medios masivos de la clase dominante se abrirán generosamente al mundo indígena con sinceridad y con sentido democrático, y menos en un país como Guatemala donde la mayoría maya, por su cultura milenaria, por su mayoría numérica y por su historia, está destinada a ocupar el poder en el futuro y decidida a acabar con el papel subalterno que se le ha asignado por la fuerza.
A veces los medios masivos permiten un acceso controlado sobre ciertos temas, pero nunca dejan de ejercer su poder de decisión, basado en los intereses de hegemonía que buscan preservar. Recordemos que el “acceso” no es lo mismo que la participación. Mientras el acceso permite aperturas circunstanciales y en condiciones controladas para que se expresen los que no tienen medios propios, la participación significa algo mucho más importante: la capacidad de tomar decisiones sobre los procesos de comunicación. Es un planteamiento antihegemónico que obviamente preocupa a la clase dominante en cuyas manos está la economía del país.
Los medios masivos difunden y tal vez informan, pero no comunican. No admiten una relación de equidad con la sociedad, sino una relación de influencia-dependencia con los grupos de poder. Esa relación es el origen de la expresión “cuarto poder” atribuida a Edmund Burke, que data de más de dos siglos. La situación actual de concentración de muchos medios en pocas manos, coludidos con intereses económicos y políticos es tan alarmante que no es casual que el ex director de Le Monde Diplomatique, el prestigioso intelectual español Ignacio Ramonet, reivindique la necesidad de un “quinto poder”, es decir, un poder ciudadano que supervise al “cuarto poder” de los medios masivos.
Esta necesidad ha sido parcialmente respondida en por lo menos una decena de países de nuestra región, con la creación de los observatorios ciudadanos de medios, como el que fundó Rosa María Alfaro en Perú y el que dirige en Guatemala Evelyn Blanck, constituidos en una red latinoamericana que agrupa a 11 observatorios de nueve países.
Reflejo
En el seminario realizado en Guatemala, el último panel con los directores de medios fue significativo, independientemente de que las declaraciones de ellos hubieran decepcionado a muchos en la audiencia, y por el hecho de que por estar “muy ocupados” no participaron en todo el seminario, simplemente llegaron para dar su discurso y se fueron. Hubiera sido muy interesante que participaran en toda la discusión.
Parte del problema de dialogar positivamente con los grandes medios de información es la divinización de los directores de medios y de los medios masivos en sí. Los directores que abordaron el tema durante el seminario internacional sienten que actúan generosamente en contra de la discriminación, aunque por otra parte reconocen que solamente reflejan la realidad del país. Ninguno expresó una voluntad explícita de contribuir a cambiar la realidad social, política y económica. ¿Quieren los medios mejorar la situación de Guatemala, o simplemente reflejarla tal cual es?
La inclusión de periodistas mayas en las redacciones de los medios de difusión —una de las acciones positivas citadas por los directores de medios para paliar la discriminación y subsanar la falta de representación— tiene su límite en la reproducción de los mismos esquemas establecidos por los dueños de medios. No parece ser una solución la captación o cooptación de periodistas mayas en posiciones subsidiarias para que hagan lo mismo que hacen los periodistas ladinos.
Incluso Tv Maya, el canal de la televisión maya que no termina de nacer de un largo y difícil parto, corre el riesgo de reproducir los mismos esquemas, con el argumento de que se ve obligado a competir en las mismas condiciones comerciales que los canales privados. El resultado puede ser un cambio de escenografía en el estudio, con presentadores en trajes tradicionales que usan idiomas mayas, pero no un cambio de narrativa, una manera diferente de producir y difundir la información. No basta que el contenido sea re-significado cultural y socialmente, sino el medio mismo. No olvidemos que “el medio es el mensaje”.
Derecho a la comunicación
Durante el panel de directores de medios la audiencia los censuró con palabras duras, a veces en un lenguaje torpe que no correspondía, cargado de agresividad. Esto ofendió a directores como Haroldo Sánchez y Juan Luis Font, que no son dueños de los medios en los que trabajan, y que se consideran periodistas progresistas. Sánchez respondió de manera articulada y honesta, aunque es obvio que él también defiende un sistema de información privado y comercial, y su discurso intelectual destila paternalismo hacia los mayas.
Uno de los temas que está en cuestión es el derecho a la comunicación. Los directores de medios masivos defienden la libertad de expresión y la libertad de informar, es decir, defienden su propio derecho como informadores, pero no están comprometidos con el concepto del derecho a la comunicación.
Las preguntas sobre los medios comunitarios los incomodan. Nada menos que Juan Luis Font, el director del diario más progresista de Guatemala, considera a las emisoras comunitarias —en su mayoría indígenas— como radios “piratas” y no cuestiona el sistema de subasta imperante para la asignación de frecuencias. Al final, queda claro que todos los directores de medios están en sintonía, comparten los mismos intereses, por eso los mayas los sienten distantes, ajenos, parte de otro proyecto.
Ya sea por desconocimiento o por ideología, las posiciones expresadas por los representantes de los grandes medios privados de información son conservadoras. Así como ellos afirman que sus medios solamente reflejan la realidad del país, su discurso personal también refleja la realidad conservadora de la normatividad sobre medios de información en Guatemala.
Ni siquiera los compromisos adquiridos por el Estado en los acuerdos de paz han podido cristalizarse en un ejercicio del derecho a la comunicación, como en otros países de la región. Guatemala está muy por detrás en materia de legislación y de disposiciones que garanticen el derecho de la ciudadanía a comunicarse. Y mientras ese derecho no exista en la práctica cotidiana, difícilmente podrá mejorar la situación de discriminación y racismo en la sociedad y en los medios masivos que la reflejan.
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ATENTAMENTE
DENISE CABALLEROS