A título personal

Hoy comprendo, ¡soy sobreviviente!

Por Gladys Ramírez, periodista
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Nací a finales de los años 80 me tocó nacer en la capital y tener una niñez tranquila, tan tranquila que no me enteré de que existía una Guatemala diferente a la de mi comodidad, donde la guerra cobraba a diario decenas de vidas de guatemaltecos de la forma más cruel e inhumana.

Los aliados de la muerte eran quienes debían garantizar la dignidad de pertenecer a un Estado y otros que con la bandera de la liberación igual cometieron barbaries. Guatemala se flagelaba a sí misma.

Nunca supe de mujeres violadas y anuladas por ser tierra fértil de rebelión, fueron ultrajadas en la más vil expresión y nunca me enteré ni supe de aquellos bebés sin futuro, cuyos cuerpos quedaron embarrados en paredones. Aquellas 1,326 víctimas del área ixil eran desconocidas para mí.

En 1996 escuché sonar cohetes, estaba en casa de mi abuela, mis tíos celebraban “La Paz”, la risa de alegría era contagiosa, también lo fue el llanto de mi familia recordando con nostalgia a mi abuelo, aquel maestro rural que daba clases de primaria en Alta Verapaz y que murió antes de ver el anhelado cese al fuego.

Mi abuelo, indígena, no fue combatiente pero se salvó de la muerte varias veces, decía que las “ánimas de los indios” le cuidaban.

Quién diría que la nieta de aquel indígena que murió sin ver la paz hoy documentaría otra parte de esa misma historia que él comenzó a vivir.

Asistir a la condena de un Tribunal que señale genocida a un exjefe de Estado y que lo envía a prisión por 80 años, es un privilegio periodístico por excelencia, no solo por el juicio sino por ver como una sociedad que se divide para desnudar sus más íntimos y oscuros sentimientos, salivando expresiones de racismo, indiferencia, ignorancia y odio; sí, secuelas de aquella época.

Me siento entre los colores vivos de los trajes que esconden rostros de amargura que hoy tienen un ligero gesto de paz; hay ONG, prensa internacional que sobrepasa al triple a los medios nacionales, en las primeras filas, familiares de los acusados resaltan con sus rostros de incomodidad: blancos, altos, con joyas, visten con sobrios colores, distintos a los que tengo cerca.

Corriendo en la cobertura veo reporteros más jóvenes que yo, somos nosotros contando la historia que no vivimos pero sobrevivimos sin saber; otros, con más experiencia y mucha memoria corrigen a los entusiastas.

Algunos, desde afuera, amparados en el tacuche de periodista defienden oficiosamente solamente a una de las partes, juegan al rumor, descalifican testigos y autoridades, pruebas periciales, incitan el racismo, chantajean con la paz, no dan oportunidad a la justicia de hacer lo suyo. Defensores de su salario o de intereses oscuros, Dios les libre si se cuela un audio que diga “sí hubo genocidio”.

Si algo aprendí de este juicio es que aunque el veredicto se revierta por argucias o acciones legales, el país avanzó reconociéndose y quienes traicionaron a la patria, sea del bando que sea, recibieron el mensaje: tarde o temprano la factura llega.

El veredicto más fuerte nos dice a todos culpables de permitir que quienes hacen leyes dejen un sinfín de puertas abiertas para manosear el sistema de justicia, por permitir que sean mayoría los que ejecutan la ley arbitrariamente o tengan otro jefe que no sea el pueblo, de contribuir a la confusión y división cuando irresponsablemente se traslada información parcializada, nos dejamos utilizar o trabajamos por un salario y no por una verdad comprobada.

Nuestra condena será seguir viviendo en un país sin la armonía que la equidad proporciona, un país sin paz ni justicia social.

Tanto la prensa como la justicia tenemos la oportunidad de que los guatemaltecos revivan la confianza en nosotros, bloqueando injerencias externas e internas ajenas al estado de Derecho, haciendo que la Guatemala desconocida ya no sea tan lejana a la Guatemala de la comodidad.

Esto no ha terminado, apenas empieza.