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Entre críticas y anécdotas, cuatro miembros del Consejo Editorial de Sala de Redacción describen cómo se enseña periodismo en Guatemala, relatan algunas deficiencias en coberturas y recuerdan algunos pasajes notables.

Historias que hablan mal de nuestro periodismo

Por Carlos Morales Monzón, periodista y catedrático universitario

Un día, el reconocido escritor y periodista Gabriel García Márquez, Gabo, dijo que el periodismo es el mejor oficio del mundo. No me queda la menor duda de que este colombiano, ganador de un Nobel de Literatura, tiene toda la razón. Sin embargo, creo que se le debe agregar algo: hay que saberlo hacer y hay que hacerlo con pasión para que sea un trabajo profesional.

Imparto clases de periodismo en dos universidades. A mis alumnos les insisto que para poder escribir, primero tienen que leer, y mucho. Solo aquellos que leen mucho enriquecen su vocabulario y logran redactar de manera innovadora yatractiva. Por supuesto, la gramática y la sintaxis también son importantes. Precisamente para explicarles lo que no debe hacerse me dispuse a buscar ejemplos. En verdad, no me costó mucho. Diría que casi nada.

Errores en las redes

Abrí el Twitter en mi teléfono celular y casi de inmediato empezaron a surgir los horrores, pues esos rebasan la categoría del error. Encontré algo así como ríos de horrores, de distinto tipo y temática. Recuerdo algunos con mayor facilidad, tal vez porque son los más catastróficos o porque mi cerebro los registró rápidamente por el impacto que generaron en mí.

Uno de ellos decía: “Hombre fallece por descender de su vehículo averiado”. Rápido quise imaginarme lo que sucedía, aunque me era casi imposible. Pensé y repensé cuán mortal puede resultar bajarse de un carro como para morir por ello. Llegué a imaginar al automóvil varado tan a ras de la orilla de un precipicio que cuando el individuo abrió y quiso bajar se desplomó en el abismo.

Por supuesto que nada de eso era correcto. Claro, nadie muere por bajarse de su vehículo. En realidad, el piloto de ese automotor murió arrollado por otro vehículo cuando descendió del propio que se quedó detenido por desperfectos mecánicos en el trébol de Vista Hermosa, zona 15 de la capital de Guatemala.

Otro de los tuits decía: “Guisela Morales vuelve por su mejor tiempo”. Este no era un simple tuit, también era el titular de un medio de comunicación. No me muevo mucho en el terreno deportivo, pero sí sabía que se referían a una famosa nadadora guatemalteca. Rápidamente, pensé que quizá la señora Morales se había retirado y estaba de vuelta para recuperar su protagonismo en la natación. Estaba bastante alejado de la verdad. En realidad, lo que quería explicar es que participaba en el campeonato mundial de natación y consiguió la mejor marca de su vida en la especialidad de dorso en los 100 metros. Vaya titular, porque se supone que los titulares deben dejarnos claro lo que en el contenido de la nota se detallará.

Desconocimiento o falta de lógica

Otro día estaba en mi casa escuchando una radioemisora. De repente el presentador anuncia que se trasladarán hasta la Torre de Tribunales, donde uno de los reporteros se encontraba dándole cobertura a la declaración que un testigo protegido ofrecía en un juzgado sobre un caso de alto impacto.

El periodista entrevistó al vocero del Organismo Judicial (OJ), quien con el mayor tacto posible le explicó, ante la insistencia reporteril, por qué razón no podía divulgar el nombre del declarante. Ante el aparente fracaso, el presentador pidió la palabra y, desde la cabina en el estudio de la radio, intentó conseguir la misma información entrevistando nuevamente al portavoz del OJ. La respuesta que obtuvo fue exactamente la misma. Para demostrar su conocimiento sobre el caso, reportero y presentador continuaron una conversación al respecto y, entre ambos, revelaron los datos del testigo protegido.

En ese momento no hice sino pensar qué les pasaba. Basta con tener dos dedos de frente para entender por qué no deben hacerse públicos los nombres y apellidos de quienes son utilizados como testigos protegidos. Pero eso no fue todo. Por la noche, cuando me dispuse a pasar revista de los telenoticieros, caí en la cuenta de que no solo en esa radio les faltaba conocimiento y lógica. Aunque usted no lo crea, cuando se refirieron a la misma noticia, pude observar cómo fotógrafos y camarógrafos de televisión se subían en las sillas de espera del juzgado y, extendiendo sus brazos, buscaban la manera de captar la imagen del testigo protegido que prestaba su declaración. Entonces, me pregunté algo que para mí es básico y elemental: ¿será que sus alcances no dan para entender el significado de testigo “protegido”?

Bien, pero mal

El mismo día que revisé los tuits, me encontré con otros que también lo dejan a uno en disonancia cognoscitiva. Una colega, quizá presumiendo una primicia, anunciaba que la Policía efectuaba allanamientos en un sector de Mixco, buscando evidencias y responsables del asesinato de un piloto del transporte. Ella no fue la única, pues casi todos los medios emularon tal acción. Medios escritos, radiales y televisivos anunciaban la acción policíaca en franca alerta pública para que el o los asesinos se percataran de que los buscaban y se dieran a la fuga antes de ser atrapados.

El hecho me trajo a la memoria una acción periodística parecida. Mientras fui director de la radio nacional TGW me enfrenté varias veces a reporteros que efectuaban coberturas sin ofrecer a los escuchas detalles de información que les permitieran estar mejor informados y tomar mejores decisiones. Siempre intenté explicarles que entre más detalles ofrecemos, mejor ubicamos a las personas porque les generamos imágenes mentales que, cual GPS, les colocan en un sitio y reconstruyen mentalmente los hechos.

En esos días la Policía y el Sistema Penitenciario decidieron trasladar a unos prisioneros desde la cárcel preventiva para hombres de la zona 18 capitalina hasta una prisión de máxima seguridad en el municipio de Fraijanes. Cuando escuché la transmisión que hacían tres de los reporteros de la W, verdaderamente me quedé perplejo. Ofrecieron cualquier cantidad de detalles entre los que se encontraban el número y tipo de vehículos, la cantidad de policías, agentes del Sistema Penitenciario y militares que participaban en el operativo. Esto sin contar que también reportaron el tipo de armamento que portaban.

Por si todo esto fuera poco, especificaron la ruta que tomaban y hasta adelantaban por donde saldrían a la carretera a El Salvador, pues para evitar posibles emboscadas, las autoridades había decidido toma una vía alterna, la cual también fue revelada por los reporteros que se había preparado con todo para ofrecer detalles.

Al día siguiente, cuando muy temprano me acerqué a la sala de redacción, los reporteros con mucho orgullo me preguntaron cómo me había parecido la transmisión nocturna sobre el traslado de los reos. Les respondí que los felicitaba porque habían hecho un esfuerzo de reporteo, producción y transmisión que jamás les había visto. Les dije que me sorprendieron con todo el detalle que tenían sobre el operativo y que de verdad habían hecho una transmisión bien reporteada. Sus caras de satisfacción y felicidad se fueron transformando poco a poco desde el momento en que les dije, pero.

Y es que tuve que llamarles la atención porque lo que hicieron, aunque bien investigado, fue un verdadero atropello que pudo poner en riesgo muchas vidas y el éxito del operativo. Proporcionaban tanto detalle que si los amigos de los trasladados hubiesen querido liberarlos, la radio oficial les estaba dando toda la información de inteligencia que debían tener para ser exitosos en el caso que quisieran liberarlos.

Lo que hasta acá les he contado tiene como propósito evidenciar que el periodismo guatemalteco comete mucho errores, de todo tipo y género. Pero también tiene el objetivo de que los medios de comunicación busquen la manera de enmendar este tipo de yerros e intentar profesionalizar a sus reporteros. Recordemos que a más capacitación las posibilidades de cometer imprudencias disminuyen. Los periodistas debemos entender que no somos sabios, que urge ser humildes y que ser mejores también está en nosotros.

Cuando logremos eliminar todas estas amenazas a la profesión, no solo haremos un trabajo profesional y de calidad, sino daremos respaldo a las palabras de García Márquez: “El periodismo es el mejor oficio del mundo”.

Se buscan periodistas

Por Carlos Arrazola, periodista y profesor universitario

En los últimos tres años he sido testigo de las dificultades que diversos medios de comunicación locales y extranjeros enfrentan para contratar a periodistas guatemaltecos que reúnan las condiciones técnicas y éticas, mínimas y necesarias, para desempeñarse como reporteros. Tantas, que muchos han optado por contratar a profesionales o estudiantes de otras ciencias, como sociología, política, antropología y hasta biología, para que cubran esas plazas de trabajo.

Hablar de dificultades para contratar periodistas en Guatemala podría considerarse una exageración, si se toma en cuenta que cada año, en promedio, durante la última década, la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Carlos (ECC-Usac) ha graduado a cerca de un centenar de periodistas profesionales. Si agregamos a los cientos de estudiantes que cada año obtienen el título de periodista en las universidades privadas, mi afirmación, a simple vista, pareciera quedar sin fundamento: periodistas hay, y por montones, para cubrir las pocas plazas de reporteros que ofrecen los medios.

Efectivamente, la cifra de periodistas graduados y de estudiantes de periodismo que existe en el país es abundante. Pero no todos se encuentran lo suficientemente preparados técnica, académica y profesionalmente para hacer frente a las exigencias del mercado de la prensa. Y peor aún, para cumplir con responsabilidad social, humana y política, los retos y compromisos que la sociedad demanda de los hombres y mujeres que nos dedicamos a esta noble profesión.

Es preciso, justo y necesario, aclarar y valorar que Guatemala cuenta con excelentes y extraordinarios periodistas, profesionales, comprometidos con la verdad, los valores ciudadanos, la ética y la honestidad. La mayoría de estos también ha pasado por las aulas de las escuelas de periodismo y comunicación del país, pero se diferencian del resto en que ha alcanzado los altos niveles de calidad que posee fuera de esas aulas, en espacios de formación ajenos a nuestras universidades y siendo autodidactas.

Las causas de las grandes debilidades que padecemos los periodistas guatemaltecos son muchas y variadas, unas tienen que ver con el sistema mismo de educación del país, otras con los intereses económicos de los medios de comunicación tradicionales, unas más con la indiferencia y conformismo con que los profesionales y los estudiantes asumimos la realidad y otras, que son a las que me quiero referir en estas líneas, las encontramos en las escuelas de comunicación y periodismo en las que nos formamos (o deformamos).

Conozco de cerca las escuelas de Ciencias de la Comunicación de las universidades de San Carlos (Usac) y Rafael Landívar (URL), en las que he estudiado y colaborado como docente, y de referencia las de otros centros de educación superior del país. En los últimos años las autoridades de estas escuelas han realizado importantes esfuerzos por modernizarse, pero, considero, han sido insuficientes para satisfacer las necesidades del país.

El pensum de estudios de la Usac, por ejemplo, es anacrónico, desordenado, desproporcionado y parchado. Sin objetivos estratégicos definidos para la formación de periodistas profesionales. El de la URL, por su parte, demasiado amplio y ambicioso en la formación de comunicadores sociales integrales, a tal punto que coarta las aspiraciones de los estudiantes que quieren especializarse en periodismo. En las escuelas de las otras universidades del país se padece tres cuartos de lo mismo.

Quizá lo más lamentable sea la calidad de los profesores a los que se les encomienda la formación técnico-científico del periodismo y las ciencias de la información, la ética y deontología de la comunicación y la formación social y humanística. Cada vez nuevos profesionales del periodismo, probos, capacitados y comprometidos, se comprometen e involucran en la academia, pero aún son insuficientes para marcar huella.

En la discusión honesta y profunda de las escuelas universitarias que forman a los periodistas, estoy seguro, se pueden encontrar respuestas a la realidad decadente que padece la profesión en Guatemala, y que redunda en la calidad de la información periodística que recibe la ciudadanía.

Sobre esto hay mucho que decir, cuestionar, proponer y crear, y son muchas las voces que se deben escuchar y tomar en cuenta para impulsar acciones concretas, empezando por los mismos periodistas en activo, los desempleados, los estudiantes y los directores y dueños de los medios de comunicación. Pero también los ciudadanos críticos, los lectores, radioescuchas y televidentes; las organizaciones sociales, los académicos, los profesores y las autoridades universitarias.

De no hacerse nada al respecto, quienes más perderemos seremos los periodistas, que veremos nuestros espacios naturales copados por profesionales de otras disciplinas o por extranjeros mejor capacitados. Al mercado de los medios, cruel y despiadado como lo conocemos, no le interesa en lo más mínimo nuestra podredumbre. Simplemente, nos hace a un lado cuando dejamos de serle útiles.

Mi visión del periodismo

Por Evelyn Blanck, periodista y capacitadora

Sin suficiente formación técnica

Estudié la carrera técnica en una universidad fundada por salesianos que poco entendían en un inicio la comunicación. Pronto, las y los estudiantes de esa nueva carrera que inauguraban, Ciencias de la Comunicación Social, comenzamos a pedir que se pasara de la teoría a la práctica, pues cuando aprendíamos, por ejemplo, lenguaje audiovisual, soñábamos con experimentar algún día la diferencia entre un paneo y un travelling.

Por ser del grupo de conejillos de indias, tuve la fortuna de recibir dicho curso con un excelente productor español, Félix de la Fuente, quien habría de retirarse un par de años después, tan frustrado como el grupo. Con los años, la universidad por fin abrió sus estudios de televisión, pero nos habíamos perdido la oportunidad de la práctica junto al excelente maestro. Tiempo más tarde, por otras circunstancias, habría de reflexionar sobre cómo esa falta de conocimientos especializados de quienes dirigen las carreras o elaboran los pensa de comunicación social ha impedido que las escuelas en Guatemala partan de marcos teóricos, tan ricos como los latinoamericanos, que son tremendos formuladores del potencial de la comunicación para alcanzar el desarrollo.

He visto en Guatemala escuelas de comunicación social que se ocupan de formar en los aspectos técnicos, pero no de la elaboración de los mensajes, centros que forman trabajadores de medios, pero no periodistas, academia que termina siendo peor, en términos de aportar aprendizaje, que los mismos medios, que ya dejan, valga la redundancia, mala escuela.

Una anécdota

Era un día rutinario, de cobertura en el Palacio Nacional a finales de la década de los 80, cuando este edificio todavía era la sede del Ejecutivo. La rutina la rompió, sin embargo, una rabieta que hacía el entonces ministro de Gobernación, Juan José Rodil. Intrigados, los periodistas nos acercamos a preguntarle qué pasaba; el funcionario estaba enfadado porque el telenoticiero Aquí el Mundo, dirigido entonces por Mario David García, acababa de publicar una información asegurando que él había colocado una garita de seguridad ilegalmente frente a su casa.

Rodil solicitó que al medio aclarar que la caseta mostrada en televisión había sido colocada allí por la Empresa Municipal de Agua (Empagua), que realizaba trabajos en el sector. Era muy difícil que le medio no lo hubiera notado. Recuerdo esta anécdota sobre todo por estos días, cuando la descalificación de “periodistas” y medios hacia quienes consideran opositores políticos es moneda de curso. “La misma vaina de siempre”, pienso.

Protección de fuentes

A veces, las y los periodistas cuidamos a nuestras fuentes informativas más de lo que estas imaginan. Cuando realizábamos una cobertura en la década de los 90, junto a la colega Ana Carolina Alpírez, en una ocasión un político novato nos brindó de buena fe más información de la que debía. Luego de despedirnos de él, conversamos con Ana Carolina sobre lo sucedido.

La información era una bomba, pero estábamos seguras de que publicar la fuente significaba el fin de aquel político. Entonces, tomamos una decisión ética, publicar, pero sin lesionar la carrera del informante. Fue así como la bomba fue publicada, con base en informaciones de “fuentes anónimas”. Luego de la publicación, el escándalo estalló, pero la carrera del político novel quedó intacta, tanto que, seguramente después de aprender de aquella experiencia, llegó a ocupar uno de los cargos públicos más altos del país.

Así como hay fuentes que pecan de ingenuidad, hay otras que pecan de descaro. Recuerdo, por ejemplo, al bombero que en una ocasión levantó la sábana que cubría un cadáver, frente a familiares del fallecido, para decir: “Mire, seño, mire, aquí tiene los puyones”.

Se puede hacer buen periodismo

Como lectora crítica de los medios me he encontrado con innumerables ejemplos de coberturas que resultan más perjudiciales que beneficiosas, socialmente hablando. Por supuesto, se constituyen en los mejores ejemplos de la mala práctica periodística, ya sea porque no se procuró el balance informativo, porque había una motivación sensacionalista o simple y sencillamente por ignorancia enciclopédica: noticias sin trasfondo que permita comprenderlas, datos inexactos, rostros de niños que no deberían ser mostrados, víctimas que resultan más victimizadas por los medios, contenidos racistas y/o sexistas y hasta publicación de mentiras. Por eso, para mí, ver una pieza periodística magistralmente elaborada es como recuperar la confianza en la humanidad. “Hacer buen periodismo sí se puede”, me digo.

Sobre las escuelas, medios y fuentes

Por Jorge de León, comunicador y profesor universitario

La deficiente ECC

Por cosas de la vida no entré a estudiar medicina, como era mi idea primaria, y tuve que jugar “tín, marín, de do pingüé” para “ver” qué carrera podría llenar mis expectativas universitarias: ganó administración de empresas. Era 1984, una época convulsa y dudaba si entraba a la San Carlos o me iba a Estados Unidos a vivir con mi madre. Opté por lo primero. Fui a la Usac a inscribirme en lo que creía iba a ser mi carrera, pero en el camino cambié de opinión, y recordé que me gustaba la publicidad y creía tener algunas habilidades para ciencias de la comunicación, que fue mi destino. De ahí en adelante pude apreciar la pobreza docente que afecta a la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Usac (ECC-Usac): la calidad de la mayoría de docentes es patética, solo un pequeño grupo que se preocupa por enseñar salva la escasa formación que se recibe.

En el plano tecnológico, es insufrible lo que se vive, pues no se cuenta con el equipo necesario para completar la formación de los estudiantes y lo aprendido resulta obsoleto y poco útil para la práctica profesional. Asimismo, son inexistentes las políticas educativas que busquen sacar de la mediocridad a la ECC, por lo que la formación continuará siendo deficiente y poco competitiva en relación a las universidades privadas.

Las otras universidades que brindan estudios en comunicación cuentan con un aceptable nivel de docencia, basado en que los profesores no son inamovibles como muchos en la San Carlos. Además, las cuotas que cobran les permite acceder a tecnología actual para completar la formación de los estudiantes. Pequeño detalle: calidad en el desempeño laboral y cuotas altas.

Los medios son empresas

Se habla mucho de que la prensa es el cuarto poder. Nada más falso que eso. La labor de la prensa no es otra que la de informar verazmente a los lectores, buscando con ello que la información sirva para generar opinión personal y una actitud crítica ante lo que se le informa.

Nunca la prensa debe arrogarse la etiqueta de ser un poder per se. Además, debe verse a los medios de comunicación como lo que son en la práctica: empresas cuyo fin, antes que el servicio social, es el lucro, por lo que partiendo de esa premisa nunca un medio va atentar contra su actividad comercial. Es decir, no va a publicar “notas” a favor o en contra de sus intereses y los de sus clientes. Basta comprobar esto con el solo hecho de saber que cuando sucede un evento que afecta la imagen de las empresas, el nombre del negocio o del dueño no será publicado bajo ninguna circunstancia, a menos que exista consentimiento de la parte afectada.

A lo anterior hay que sumar que la mayoría de medios comunicación se han despreocupado por tener una alta calidad en sus redacciones. Salvo en algunos momentos de la vida, algunos de ellos contaron con periodistas especializados en sus actividades. Eso ya no ocurre y, a lo sumo, hay algunos buenos periodistas insertados en medios, pero no son la regla general.

La llamada televisión nacional resulta penosa, dramática, patética y molesta con el servilismo que le caracteriza, lo cual no es producto de periodistas y reporteros (_), sino de la línea editorial que les han marcado y a la que hay que responder para conservar el trabajo. Hay que sacrificar la objeción de conciencia en aras del empleo. Eso tampoco demerita el buen trabajo que algunos periodistas de estos medios realizan.

Familiaridad con las fuentes

En Guatemala, como en la mayoría de países latinoamericanos, la relación reporteros-fuentes debe ser tratada con delicadeza, toda vez que una “incorrección” del medio o del reportero puede acabar con el suministro de información afectando la labor periodística. Cuando se habla de delicadeza se debe entender desde la perspectiva del funcionario y/o emisor de la información, quien cree que al brindar declaraciones está haciéndole un favor al medio.

Esa actitud que los medios han aceptado en la mayoría de ocasiones, ya sea de manera espontánea o por presiones, ha construido una relación casi de “amigos” entre los periodistas y las fuentes. En este sentido, esa cercanía riñe con la práctica del periodismo independiente, tomando en cuenta que la familiaridad en el trato provoca que se busque proteger a la fuente sacrificando el beneficio que la información pueda brindar a la colectividad.

Son raras las relaciones que logran sobrevivir a la cercanía cuando se hace algo que no se debió. Muy pocas fuentes aceptan que se publiquen informaciones desfavorables sin afectar la relación, razón por la cual implícitamente o de manera tácita ya se sabe qué tipo de trato se va a tener. Pero ojo, esto no siempre es así y un ejemplo es el reportero Ben Kei Chin, de Guatevisión, quien ha logrado sortear la animadversión que provoca su búsqueda de información en el Congreso y consigue, generalmente, obtener las declaraciones que le interesan.

Perdóneseme que no uso reporteros y reporteras, pero prefiero la incorrección política que no la lingüística. Espero no ser tachado de sexista por eso.

2 Comentarios para “Sobre coberturas, yerros y enseñanza del periodismo”

  1. Rony Zuñiga

    Interesante nota, conozco a dos de los que escribieron al respecto, su experiencia de años en los medios de comunicación y su preparación académica, les permite hablar con sobrada razón. Un texto que por mi parte, lo analizaremos y discutiremos en una próxima clase en el curso, Periodismo Radiofónico del 4o. Sem. de Locución en la ECC/USAC. Aporto al análisis hecho por los respetables, que a muchos medios, a la mayoría en el país, no les interesa la calidad ni profesionalismo de sus reporteros y editores, eso se refleja con los bajos salarios, eso hace que muchos estemos en otras entidades privadas y/o estatales, haciendo en el mejor de los casos Comunicación Institucional o cualquier otro trabajo, pero ganando un poco mejor. Saludos amigos de Sala y espero sus publicaciones, mejor si me mandan el link a mi correo para no perderme ninguna. Vale decir que tengo por lo menos 15 ejemplares de cuando la revista era impresa.

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  2. Nancy Arroyave

    Creo que los artículos de estos cuatro profesionales deberían ser lectura obligada en las carreras de CC. de la Comunicación y, fundamentalmente, en los cursos de periodismo. Supongo que quienes enseñamos periodismo en las universidades no tenemos dificultades a la hora de buscar ejemplos de qué no hacer o cómo no hacer las cosas. Aunque la antítesis (encontrar buenos ejemplos de buen periodismo) presenta mayores dificultades a la hora de buscar ejemplos, siempre es posible lograrlo.
    Felicitaciones por la iniciativa, son cuatro enfoques interesantes, dignos de compartirse.

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