Foto: puellosecorg.over-blog.es
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Publicado & archivado en La Columna de Olga.

Por Olga Villalta*

En el IV Encuentro Nacional de Periodistas celebrado recientemente (1 y 2 de agosto), convocado por Centro Civitas y Sala de Redacción, volvió a saltar, provocando escozor, el tema del acoso sexual hacia las mujeres periodistas. Las intervenciones de algunas participantes en el encuentro apuntaron a su hartazgo ante el acoso sexual, no solo de los jefes o propietarios de los medios donde laboran, sino también de sus compañeros de trabajo.

Las reacciones fueron diversas. Unos con aparente comprensión, pero al final de su intervención, hacían la salvedad de que “algunas” compañeras provocaban o permitían los abusos de sus compañeros. Otros abiertamente se pronunciaban contra los planteamientos, considerándolos un problema menor.

Ante la actitud poco autocrítica de los colegas, algunas compañeras manifestaron su indignación porque todavía sus colegas hombres no las apoyan en su demanda. No quise intervenir y me quedé reflexionando. Lo comenté con algunas colegas jóvenes quienes se sentían hartas de insistir en estos temas, y ellas informaron que la misma reacción se había generado en el anterior encuentro.

Esta reacción es similar a la que se genera en otros espacios laborales, políticos, sociales e incluso en los religiosos, en donde se supone se cultiva la compasión. Los hombres no quieren ver el problema porque no les afecta la demanda de las mujeres. Desde el punto de vista comunicacional, nos enfrentamos a un fenómeno en el cual quienes emiten la demanda no son escuchadas por los receptores. ¿Qué ruidos comunicacionales no permiten que el mensaje llegue, sobre todo porque estamos en un gremio en el cual se supone que domina la ciencia de la comunicación?

Considero que no podemos exigir un cambio de actitud a una persona, gremio o población determinada, si no hemos promovido procesos de reflexión que modifiquen el pensamiento. Los cambios en los procesos tecnológicos son más fáciles de digerir que los cambios de pensamiento. Por ejemplo, los jóvenes de hoy adquieren con facilidad las destrezas que requieren los celulares y computadoras, pero siguen manejando su vida con base a ideas conservadoras. Es decir tenemos un pie en la modernidad y otro en la antigüedad. Otro ejemplo: Los estados han firmado convenios internacionales sobre derechos humanos, pero los funcionarios gubernamentales siguen ejecutando la justicia desde las creencias religiosas que sustentan.

Quienes trabajamos en la transmisión de información no nos salvamos de cometer errores, omisiones o simples resbalones cuando ejercemos nuestra profesión. Por ejemplo, muchas y muchos entrevistadores siguen haciendo la pregunta trillada “las personas en la calle dicen que los derechos humanos solo sirven para proteger a los delincuentes; ¿cómo lo ve usted?”. Esta pregunta evidencia que quien entrevista rechaza o desconoce el concepto de los derechos humanos como un cuerpo que nos protege a todas y todos. La pregunta puede plantearse desde un punto de vista positivo, preguntándole al entrevistado acerca del estado del cumplimiento de los derechos humanos en nuestro país.

La reacción de los colegas hombres ante la demanda de las compañeras evidencia que es necesario impulsar esfuerzos serios de autoformación en materia de derechos humanos. Así como nos autoformamos en cuestiones tecnológicas, porque sabemos que al hacerlo tendremos mejor remuneración o satisfacción personal, autoformarnos sobre los orígenes, causas y consecuencias del racismo, machismo y clasismo, nos enriquecerá como seres humanos; a la vez, seremos mejores profesionales de la comunicación.

No esperemos que vengan las instituciones a formarnos. Comencemos a hacerlo por nuestra cuenta. Busquemos en la Internet documentos que nos ilustren, pero con afán genuino de formación y comprensión del problema, no para atacar a las mujeres.

*Periodista feminista.

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